EL ÚLTIMO ABECEDARIO. Prólogo (por Gabri Ródenas) y capítulo 0

PRÓLOGO
(Gabri Ródenas)

 

Primavera de 2017. Abres Twitter. Mensaje de Gonzalo Jerez, «El selenita»: «Oye, si te mando la beta de mi novela, ¿te la podrías leer pronto?». Respuesta: «Sí, pero quizá no pronto. Tengo un montón de lecturas atrasadas».

Me detengo y pienso que las lecturas son pacientes. Miro por la ventana. Me gusta la luz de la mañana y el canto despreocupado de los pájaros. Abro el libro de Gonzalo (siempre tiene algo de mágico abrir un inédito, bucear en sus páginas antes de que el resto lo haya hecho. Es un pecado privado, lo sé). Dos días después le escribo: «Ya lo he leído […] Tenemos que hablar». Sin darme cuenta —lo cual es todo un logro de Jerez, pues el tiempo me ha convertido en un lector lento—, había devorado la novela. «¿Y podrías escribir el prólogo?», leí.

No hace falta que os diga la respuesta.

Escribir unas palabras sobre la obra de un escritor es a la vez algo que te llena de gratitud y te honra, pero también te sume en el desasosiego. A veces quisieras decir: «Leed el libro». Y tal vez sería el mejor prólogo; el más auténtico y honesto. Pero, por otra parte, supondría desperdiciar una estupenda ocasión para mostrar tu respeto por un escritor que avanza sin freno en su carrera literaria.

¿Y qué vais a encontrar en El último abecedario? Preferiría hablar de lo que no vais a encontrar pero que está ahí.

Lo primero que salta a la vista es el riesgo. «El selenita» ha optado por una estructura compleja, cuidada, que nos recuerda a La colmena de Cela, a las construcciones faulknerianas o a las películas corales de Tarantino o Robert Altman. Eso sí, con una sobredosis de adrenalina inyectada en el mismo corazón de la novela. En un gesto de respeto hacia el lector, le irá ofreciendo pistas, jugando con sus emociones, desplegando una acción poliédrica y perfectamente ensamblada.

Por otra parte, hay numerosos guiños a otras obras del autor y elementos que nos hacen pensar que, tal vez, Gonzalo Jerez esté tejiendo un universo expandido, un mundo-escenario en el cual todas las historias (las contenidas en este volumen y las presentes en otros trabajos) están sucediendo, han sucedido o sucederán y en el que todos los elementos se hallan debidamente conectados

Huelga decir que también encontraremos acción; mucha acción.

No quiero robarte más tiempo (sé que, en la vida, hay que saber cuándo se es actor principal y cuándo actor de reparto), de modo que sólo me queda recomendarte encarecidamente la lectura de El último abecedario y decir, ahora sí, «leed el libro».

España, 2017

 

CAPÍTULO 0

Hacia finales de la segunda década del siglo XX, la esperanza de vida rondaba los ochenta años. En los países más desarrollados incluso era bastante normal encontrarse gente que pasaba de los noventa. La población era cada vez mayor. Sin embargo la calidad de esa vida no había ido aumentando junto a la duración. El deterioro con el que uno llegaba a esas edades no dejaba de crecer con el paso del tiempo. Y sobre todo, el deterioro mental. ¿De qué le sirve al ser humano llegar hasta tan lejos en el tiempo, si a cambio terminas tus días igual que los empezaste? Tirado en una cama donde te tienen que dar de comer, donde te cambian los pañales. Una cama desde la que observas un punto de la pared con la mirada perdida, donde no conoces a nadie de los que tienes a tu alrededor. Tu propia familia. Tu propia pareja. Tus propios hijos. Muchas personas llegan a tan larga edad sin ofrecer a su entorno nada más que tristeza. Eso ni es vida, ni es esperanza.

Un grupo de científicos con financiación privada llevaba años trabajando para dar con una manera de poder regenerar las células cerebrales y acabar de una vez con el tan temido Alzhéimer y el resto de demencias seniles.

Los resultados extraídos de los experimentos realizados en animales, aunque poco convincentes para la investigadora jefe, bastaron para obtener el visto bueno y dar el siguiente paso: probar con seres humanos.

Se seleccionó, con el consentimiento de sus familiares, a cinco ancianos enfermos de Alzhéimer de la planta de geriatría del hospital en el que se llevaban a cabo dichos experimentos. Estos consistían en administrar el medicamento y realizarles pruebas periódicas hasta ver alguna evolución en la memoria de los sujetos. Pero lo único que llegaron a conseguir es una recuperación más rápida de algunas manchas en la piel, típicas de la vejez. Sí, la regeneración celular se estaba llevando a cabo. El camino, suponían, era el correcto. Pero la investigadora jefe del equipo no estaba contenta con aquellos resultados. Mientras el resto de sus compañeros celebraban por todo lo alto lo que para ella era una nimiedad, prefirió seguir buscando la manera de mejorar el medicamento que acabara de una vez por todas con la lenta muerte cerebral a la que la mayoría de los ancianos llegaban. Dado el secretismo con el que debía llevar a cabo de ahora en adelante su investigación, no podía pedir a ningún familiar que le firmara un consentimiento con el que tratar a sus mayores. Así que optó por ser ella misma el familiar que consentía. Empezó a experimentar el nuevo tratamiento con su propia madre.

Su madre hacía poco más de tres años que ni siquiera hablaba. Se limitaba a estar sentada, mirando al vacío, sin reconocer a su propia hija. Esta había empapelado la habitación donde su madre descansaba con fotos de ella misma, de algunos familiares, de paisajes conocidos, carteles con frases sencillas, colores con sus respectivos nombres o simplemente letras sueltas junto a su pronunciación fonética. La intención era que en algún momento reconociera alguna de las cosas o personas que tenía a su alrededor y las nombrara.

Tan sólo hicieron falta diez minutos desde que le administrase el medicamento para que la expresión de su cara empezase a cambiar. Después, los ojos de la anciana viajaron por toda la habitación con curiosidad por todos aquellos estímulos visuales que la rodeaban, hasta que de pronto, al ver el cartel con la letra A, abrió la boca y recitó entero el abecedario. Lo curioso es que sólo leyó hasta la quinta letra, el resto las dijo de memoria. Justo cuando dijo la última letra, sus ojos se encontraron con los de su hija que no paraba de llorar, fruto de la emoción de ver a su madre recuperada.

—Mamá. ¡Estás bien!

—Cariño, me duele mucho.

No dijo nada más. Los ojos se le cerraron de golpe y su cuerpo devolvió a la nada la poca vida que parecía haber recuperado unos segundos antes. Definitivamente había muerto.

Cuando entre lágrimas, y en secreto, abrió la cabeza del cadáver de su madre para ver qué fue lo que había pasado, comprobó que no había nada extraño. Al contrario, las conexiones neuronales parecían haberse recuperado de una manera milagrosa, a tan sólo diez minutos de haberle suministrado el medicamento.

Durante todo el año siguiente siguió investigado su nuevo fármaco, al que llamó Abecedario en honor a lo primero que dijo su madre al «volver», sólo que ni se le pasó por la cabeza continuar sus trabajos con humanos. Volvió a experimentar con ratones. Pero los resultados fueron del todo inquietantes. Si bien era cierto que las células de los roedores se regeneraban casi al instante de administrarles Abecedario, enseguida caían aparentemente muertos. Y aquí la palabra aparentemente es la que más intrigaba a la científica, ya que a los pocos minutos de caer se volvían a levantar, sólo que bastante más torpes que antes y, sobre todo muy agresivos, llegando en algunos momentos al canibalismo.

Y así pasaba los días, encerrada en el hospital donde realizaba sus experimentos, incluso en el que dormía. Durante todo aquel año intentaba paliar el dolor que le producía la muerte de su madre a manos suyas, trabajando. Sentía la necesidad de darle un sentido a lo que ella pensaba que era un asesinato. Pero ni siquiera tener la cabeza ocupada con tanto trabajo podía llenar el espacio que deja en la vida de uno la desaparición de alguien tan querido. Ni aunque, como era el caso, aquel ser querido fuera prácticamente un vegetal.

Pero todo aquello cambió justo el día en que se cumplió un año de la muerte de su madre. Ese día decidió que era su turno. Ahora le tocaba ser madre a ella. Pero a su edad y con la nula vida social que llevaba, era del todo imposible entablar una relación afectiva con un posible padre, por lo que tomó la decisión de que su mayor amante, la ciencia, fuera quien le diera un hijo. Recurrió a la fecundación artificial. El día en que se confirmó que estaba embarazada dejó de pensar en la culpa que aún cargaba para centrarse en el futuro. Pero sobre todo, dejó de investigar con Abecedario. Metió lo poco que todavía le quedaba del medicamento en un tubo y lo escondió en la caja fuerte de su despacho para que nadie volviera a tocarlo. Allí permanecería, durante los nueve meses que duró su embarazo, el último rastro de su medicamento. Las últimas gotas de lo que ella misma había creado, lo que había matado a su madre.

El último Abecedario.

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Un comentario en “EL ÚLTIMO ABECEDARIO. Prólogo (por Gabri Ródenas) y capítulo 0

  1. Sorprendido por el significado de “Abecedario” en la novela, empujado por el consejo de Gabri Rodenas y consciente de los mundos por los que nos lleva Gonzalo Jerez “El Selenita”, me sabe a poco este capítulo 0 porque sé que algo maravilloso y sorprendente encontraré desde el siguiente hasta que finalice la novela. Ansioso de tenerla en mis manos. Promete…y mucho.

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