Primer capítulo de “La primera vez que maté”

CAPÍTULO 0

La primera vez que maté no fue algo premeditado, simplemente ocurrió. Ni tan siquiera se me había pasado por la cabeza que aquello fuera a gustarme tanto, ni que fuera a hacer de ello algo constante en mi vida. Qué delicia. Eso sí, en el momento en el que el bolígrafo entró por su lacrimal, fui consciente del divertido mundo lleno de oportunidades creativas en el que me estaba adentrando. Un mundo en el que he estado metido hasta el día de hoy, y en el que espero seguir estando por muchos años. Lo necesito. La sensación de quitarle la vida a alguien hace que uno llegue a olvidar todos los problemas que le van mellando en su día a día: la hipoteca, las facturas, los niños, la televisión, el hastío de ser alguien normal, en definitiva. Yo no sufro por nada de eso. Todas esas mierdas aletargantes carecen de importancia cuando ves cómo se vacían de vida los ojos de alguien delante de ti, y además consigues hacerlo con tus propias manos. Cuando ves cómo su piel va perdiendo color desde las extremidades hasta el torso tras haberle amputado algún miembro, y se lo presentas en un mantel de hilo para que lo pueda ver mientras todo en su campo visual va haciendo un lento e interminable fundido a negro. Cuando su cabeza explota en cientos de pedazos tan solo apretando el gatillo del arma que le has metido en la boca, llevándote por delante algún que otro diente. Es algo que no tiene precio. La mejor terapia que he podido encontrar en todo este tiempo. En algunos casos, no en todos, he llegado a sentir algo parecido al placer sexual. Mejor incluso. Una noche escuché decir a un amigo mientras salía de los servicios de un bar: «He tenido meadas mejores que muchos orgasmos». Pues esto es lo mismo. He echado polvos que los terminé simplemente por deferencia hacia la otra persona. No me parecía nada educado terminar aquello con un «me aburro» y seguir a otra cosa mientras me quitaba el preservativo. ¿Me gusta matar gente? Sí. Eso es evidente. Pero no por eso he de ser maleducado con aquellos que no tengo pensado matar. Supongo que yo también habré sido un polvo aburrido de algún que otro amante, pero matando nunca he llegado a ese desinterés que he sufrido o he provocado mientras yacía con alguien. Al revés. Jugar a ser Dios me ha llevado siempre a sentirme como Él se debió sentir cuando dijo «hágase la luz», y la luz se hizo. Lo que hicieron luego con la luz es ya otra historia.
Al contrario de lo que podrían pensar muchos expertos psicólogos y psiquiatras, mi infancia fue como la de cualquier otro niño. Incluso diría que fue mejor que la de muchos de mis amigos y conocidos. Mis padres siempre se quisieron y nos quisieron. Nunca nos faltó de nada, pese a haber vivido siempre con lo justo, ni nos pusieron una mano encima con agresividad. Los cuatro hermanos siempre nos cuidamos y nos defendimos los unos a los otros. Nunca tuve un tío con cierto aire de excentricidad que se interesara por el contenido de mi ropa interior, aunque no podría decir lo mismo de mi prima Sandra, su hija. Pero lo que pasó aquella noche en la casa del pueblo de nuestros abuelos entre Sandrita y yo, poco tiene que ver con la gran afición que he encontrado y que llena mis días de sentido. De hecho, nunca he vuelto a estar con una mujer desde aquella noche. Siempre he preferido los hombres para el sexo. Otra rareza, pensaréis algunos. Aquellos que lo penséis, estáis más enfermos que yo.
Mi salud mental no difiere mucho de la de cualquiera de vosotros. Pero mientras yo disfruto enormemente matando a según qué personas, a algunos le gusta llenar sus vacías vidas viendo programas de televisión, donde se eleva a los altares a mediocres y a personajes que están orgullosos de ser analfabetos por elección propia. Creo que la salud mental de estos espectadores y la de los responsables de estos espectáculos, es bastante más peligrosa para ellos y para el resto de la humanidad que la mía. Incluso diría que yo hago un servicio a la comunidad quitando de en medio a gente que lo único que hacen es molestar. Son un estorbo para el buen gusto. Una rémora para la evolución de la sociedad. Son el garbanzo negro que, cuando te lo encuentras en un cocido, te quitan las ganas de seguir comiendo. Cuando Hitler intentó hacer una limpia de la humanidad cargándose a todos los judíos, se equivocó de manera colosal. Se limitó a señalar a un grupo étnico dejándose llevar por sus fracasos sexuales, en lugar de trabajárselo. Era un puto vago el del mostacho, además de un rencoroso. No puedes hacer esa necesaria criba a bulto. No puedes dibujar una línea en el suelo y decir que los que estén a un lado o al otro de ella son los que sobran. Sobre todo porque, en todas las circunstancias en las que gente como el pequeño Adolf saliera con vida, sería un gran error. Lo mejor es estudiar caso por caso. Ir persona por persona. Ver quién molesta y quién da un beneficio al resto. Decidir quiénes son un estorbo y quiénes aportan algo es un trabajo que nadie ha tenido el valor de hacer, pero que, en rincones muy profundos de vuestras normales almas, en esos espacios internos que no os atrevéis a reconocer delante de vuestros amigos, sabéis que alguien tiene que hacerlo. Que la sociedad empezaría a ir mejor si alguien se encargara de dicha labor. Creo además que cuando muchos de esos seres indeseables vieran las barbas de sus vecinos pelar, se acabaría esta moda hipster de las barbas pobladas. Y yo soy el que ha tenido la sangre fría de llevar a cabo tan necesario trabajo. Eso sí, ya que he tenido que ser yo el que se encargara de ello, al menos he hecho todo lo posible para disfrutarlo hasta el límite, para usarlo como mi manera de expresión artística. ¿A quién no le gusta disfrutar de su trabajo? Pues, estimados amigos y queridas amigas, a mí me encanta.
Y mientras yo realizaba mi trabajo, tenía la esperanza de que la mayoría de vosotros se preguntara en algún momento aquello de «¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?» Solo entonces tendría sentido mi trabajo. Solo entonces merecería la pena ayudaros como sociedad. Todo aquel que no se lo pregunte, no merece tener la capacidad de pensar. Todo aquel que no se lo pregunte, lo que merece es tener una velada especial conmigo.
En mi caso os diré que soy el que soy, vengo de donde vengo, y voy a por todos ellos.

 

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5 comentarios en “Primer capítulo de “La primera vez que maté”

  1. Pingback: Primer capítulo de la nueva novela de Gonzalo Jerez. Pronto la reseña en el blog! A la venta el 3 de noviembre y en preventa desde mañana 20 de octubre. | nos sobran los motivos

  2. Te gusta hacer esto ¿verdad? Me refiero a dejarnos salivando unos días interminables hasta tener en nuestras manos la novela completa, decir arma y averiguar cómo u hacia dónde vamos a llegar. Leeré la Declaración Universal de los Derechos del Lector por si tu actitud, regalandonos un capítulo de La Primera Vez Que Maté, es punible. Mientras tanto, gracias por algo que promete.

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  3. Enhorabuena. Menuda carta de presentación. Me encanta como haces uso de las frases cortas, dando sentencia. La verdad es que te has metido en un buen berenjenal, o es un libro fantástico o por el contrario has caído en lo fácil. Tengo que leerlo, me has causado curiosidad. Si no está como creo, la venganza será terrible .😉😉
    Has activado muchos interruptores de escritor en mi cabeza y odio que se te haya ocurrido a ti antes, pero de buen rollo…Suerte y de nuevo enhorabuena.

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